Torre Juche · capítulo 4 Es interesante el caso de la Torre  Juche, pilar fundamental de uno de los ejes  urbanos de Pyongyang. En 1979, en plena  reconversión monumental de la parte céntrica  de la ciudad, Kim Jong Il se encaprichó con la  idea de levantar un enorme obelisco frente a la  plaza Kim Il Sung, al otro lado del Taedong. La  obra se estrenó el 15 de abril de 1982, el día  que el Gran Líder cumplía 70 primaveras. Ese  día, Kim Il Sung tuvo otros voluminosos  regalos de cumpleaños: el estadio que lleva su  nombre, el Palacio de Estudio del Pueblo, el  Patinadero Cubierto, el Arco de Triunfo... Casi  todos ellos tenían una peculiaridad: batían  algún récord de monumentalidad. La Torre  Juche quería ser considerada el obelisco más  alto del mundo. Con sus 170 metros, había conseguido superar por 70 centímetros la altura del  Monumento a Washington. Otra victoria más sobre el imperialismo americano. Sin embargo, sus  creadores no repararon en que el Monumento de San Jacinto, situado en el condado de Harris  (Texas) y que data de 1939, mide nada menos que 173,7 metros.  Fuese quien fuese el ganador de la partida, la Torre Juche logró convertirse gracias a su  talla en uno de los referentes de la capital. Jong Myong Ho, en colaboración con los escultores del  Estudio de Arte Mansudae, fue el encargado de desarrollar el proyecto, después de que Kim Jong Il  escogiese su diseño entre las 12 propuestas alternativas. El Querido Dirigente quiso atar en corto al  arquitecto, con quien despachaba periódicamente para orientarle sobre cómo debía enfocar el  encargo. Kim Jong Il revisaba planos y maquetas como un especialista más y acababa formulando  sus observaciones, que tendían a convertirse en órdenes de obligado cumplimiento.  La primera disyuntiva que tuvo que dirimir fue su ubicación. Le sugirieron buscar un  emplazamiento periférico: cerca del puente Songsin, situado en la entrada sureste de la ciudad, o en  el barrio de Ryonmot, en el extremo norte. Allí no habría limitación espacial para instalar el conjunto  monumental. La respuesta fue no. A alguien se le ocurrió entonces plantar el obelisco en el barrio  Munsu, recién inaugurado. La propuesta recibió otro portazo. Kim Jong Il reunió a los responsables  de semejantes ideas y les regañó agriamente por priorizar ante todo la disponibilidad de solares  vacíos y la armonía con el medio ambiente. No estaba dispuesto a transigir: independientemente del  número de edificios que hubiese que demoler para despejar la zona, había que elegir un punto  céntrico de la ciudad. Y así fue cómo la Exposición Agrícola e Industrial, establecida a orillas del  Taedong en 1956, desapareció del mapa de un plumazo .  Otro de los aspectos en los que se mostró inflexible fue el de las dimensiones. La propuesta  inicial contemplaba una altura de 120 metros. Con ese guarismo ya se habría convertido en el techo  de Corea del Norte, pero su poderoso patrocinador no se conformaba con eso. Se empecinó en  añadirle más metros. Temía que, desde la terraza del Palacio de Estudio del Pueblo, se viera como  una pilastra de poca monta, carente de nobleza. Siguiendo sus indicaciones, Jong Myong Ho le  entregó un nuevo boceto: 130 metros. Kim Jong Il seguía sin estar convencido. Intuía que ese  tamaño sería igualmente ridículo. Para cercionarse, organizó un simulacro inaudito en el lugar de  construcción. Él se situó en una terraza del Palacio de Estudio del Pueblo, mientras unos operarios  levantaban un gran globo hasta una altura de 130 metros. Efectivamente, le seguía pareciendo poco.  Quería que desde esa atalaya se pudiese ver la punta más elevada del obelisco a la misma altura  que sus ojos, sin tener que inclinar la mirada hacia abajo. La puja terminó en los definitivos 170  metros.  ¿Cómo representar físicamente algo tan abstracto como una ideología? Uno de los  borradores inicialmente descartados proponía que la espigada torre tuviese la forma de un libro  abierto, se supone que con algún discurso del Gran Líder tallado en sus páginas verticales de  granito. Al final se optó por una columna cuadrangular. Para darle un sabor nacional, se recortaron  los ángulos de la torre y se le añadieron unos anillos horizontales parecidos a los de las pagodas.  Estos adornos lo diferencian del modelo clásico de obelisco egipcio, que sí intenta copiar el  Monumento a Washington. Las estrías que rasgan rítmicamente el tronco de la Torre Juche   recuerdan al Memorial a José Martí en La Habana, de 109 metros, construido casi 30 años antes que  su pariente norcoreano.  El cuerpo de la Torre Juche mide 150 metros, completados en la cúspide con los 20 de una  antorcha de cristal armado, de color rojo y 45 toneladas de peso. Por las noches, se activa un juego  de luces que produce un gracioso efecto: la llama parece estar ardiendo. El fuego eterno simboliza la  inmortalidad de la idea Juche y su pretensión de iluminar a las masas. Justo debajo de la antorcha  hay un mirador, con unas vistas privilegiadas, al que se puede subir en ascensor. Dos caracteres  dorados correspondientes a las sílabas coreanas Ju y Che decoran tanto la perspectiva frontal,  desde la plaza Kim Il Sung, como la parte posterior.  La movilización nacional fue apoteósica. Se desató una especie de competición por ver  quién demostraba mayor lealtad al Gran Líder. Una brigada fue a recoger expresamente agua del  lago Chon, en el cráter del monte Paektu, para mezclar ese líquido bendito con los materiales de  construcción. Los habitantes de algunas regiones por las que pasaban camiones cargados de  piedras con destino al monumento barrían afanosamente las carreteras. No faltaron voluntarios para  apuntarse a cualquier trabajo relacionado con el proyecto, que incluía otros elementos además de la  torre. A los pies del obelisco, frente a la orilla del río, emerge impetuosamente un grupo de  esculturas de bronce que vendría a ser la versión jucheana del “Obrero y koljosiana” de Mújina,  aunque en lugar de dos figuras hay tres: un trabajador industrial con un martillo en alto, una  campesina con una hoz y un intelectual empuñando un pincel, los símbolos del Partido.  En el fondo, el objetivo de la Torre Juche es venerar al mesías que inventó la ideología  libertadora. Es entretenido descubrir las retorcidas combinaciones numéricas que oculta la obra. Los  dos costados principales poseen 18 anillos de adorno. Los costados laterales tienen 17 cada uno. En  total suman 70, justamente los años que cumplía Kim Il Sung el día que se desveló el monumento.  Para construirlo se emplearon 25.550 piezas de granito blanco. La cifra coincide con el número de  días vividos por el Gran Líder desde su nacimiento en 1912. Nadie se percató, sin embargo, de que  en ese periodo de tiempo hubo 17 años bisiestos, por lo que en realidad el Gran Líder había vivido  25.567 días. La enfermiza obsesión cabalística de los autores del diseño raya la hilaridad.  Prácticamente cada detalle encierra una enigmática numerología relacionada con el jefe supremo.  En uno de los flancos del pedestal hay esculpido un poema que canta sus hazañas revolucionarias.  Consta de 12 estrofas, en alusión a su año natal. La estela de granito en la que están escritos los  versos mide cuatro metros de alto por 15 de ancho, una combinación que evoca la fecha en que su  madre lo trajo al mundo, el 15 de abril.  Los laterales del pedestal han sido decorados con relieves de kimilsunguias y magnolias.  Por la vasta explanada alrededor de la torre se distribuyen seis grupos escultóricos de granito  blanco, representando a jubilosos trabajadores de todos los sexos, edades y sectores de producción.  En los extremos de la explanada hay dos pabellones de estilo neotradicional. Contemplando el  monumento desde la otra orilla del río se aprecia la rígida simetría de la composición. En los días de  celebración se ponen en marcha los dos surtidores que expelen agua fluvial hasta una altura de 150  metros. Los apartamentos construidos en la manzana situada detrás de la torre forman parte de un  segundo plano de este gran cuadro pictórico. Los diez bloques más próximos al obelisco, cinco a su  lado izquierdo y otros cinco a su lado derecho, con alturas escalonadas de 10 a 25 plantas, son  simétricos. Al estar dispuestos en diferentes planos, dan una sensación de tridimensionalidad al  conjunto.