“Una arquitectura a nuestro estilo” · capítulo 3 Ya en los años cincuenta, Kim Il Sung insistía en desarrollar un estilo que obedeciese a la  divisa estalinista “nacional en la forma, socialista en el contenido”. Bajo esta fórmula subyace una  doble negación: la arquitectura no puede ser ni supraclasista ni supranacional. No es posible concebir  una arquitectura que represente a todas las clases sociales ni tampoco una arquitectura  representativa de todo un conjunto de naciones. Cada clase y cada nación imprime su particular sello  estilístico. La Corea de los trabajadores debía encontrar el suyo.  En primer lugar, las construcciones habían de tener un contenido socialista o, dicho de otro  modo, los usos debían ser pensados con criterio social. Se había acabado la época de los lujosos  palacios nobiliarios, inaccesibles para el pueblo llano. En adelante se seguirían construyendo  palacios, más majestuosos si cabe que en el pasado, pero su función consistiría en servir a las  masas. Los nuevos mastodontes albergarían viviendas, teatros, bibliotecas, museos, centros de salud  y otros equipamientos. Una arquitectura para las clases populares.  Por otra parte, los edificios debían poseer una forma nacional, adaptada a las condiciones  “geográficas y climáticas” del país y en coherencia con “los sentimientos, las costumbres y los gustos”  de los coreanos. No por haber instaurado la dictadura del proletariado había que despreciar el legado  nacional. “La arquitectura socialista y comunista no surge sobre terreno completamente yermo, sino  [que] se forma y desarrolla partiendo del patrimonio nacional que se hereda correctamente”,  reconocía Kim Jong Il.  Pese a valorar con orgullo esa tradición constructiva, bajo ningún concepto había que  limitarse a reproducir exactamente los viejos diseños. Era necesario encontrar un punto de equilibrio:  no incurrir en una postura dogmática de rechazo a todo lo antiguo, pero tampoco caer en el error de  tomar como modelo todas las construcciones arcaicas y venerarlas por el simple hecho de ser  autóctonas. “[H]ay que guardarse estrictamente de dos tendencias: el restauracionismo y el nihilismo  nacional. El restauracionismo considera bueno sin fundamentos lo del pasado, negando el carácter  clasista y social de la arquitectura, y el nihilismo nacional adora y ensalza lo ajeno, considerándolo  bueno, y malo todo lo suyo, irreflexivamente”, advertía el Querido Dirigente.  La Guerra de Corea había reducido a escombros gran parte de la herencia arquitectónica,  pero aun así el régimen procuró reconstruir pabellones, pagodas y templos budistas, joyas de la  Corea antigua que debían inspirar hasta cierto punto los nuevos diseños. Despreciar  sistemáticamente ese patrimonio suponía renegar de las propias raíces. Había que salvar  determinados elementos de la tradición e integrarlos en las nuevas construcciones. La base estilística  podría ser la arquitectura clásica o moderna y, sobre esa estructura, se introducirían ingredientes  rescatados del pasado. Pero ¿cuáles? Cuando Kim Il Sung ordenó en los años cincuenta realzar las  formas nacionales, no estaba escrito en ninguna parte qué aspectos de la arquitectura histórica  debían ser reciclados. Hubo que seleccionarlos.  El primer dilema con el que se toparon los alquimistas del nuevo estilo fue discernir qué era  aprovechable y qué era desechable de la vieja arquitectura. “En el patrimonio arquitectónico existe lo  caduco y reaccionario, además de lo progresista y popular. Hay que distinguir bien lo progresista y  popular de lo caduco y reaccionario para retomar lo primero y abandonar lo segundo”, subrayó Kim  Jong Il. La vaguedad de estos planteamientos lleva a preguntarse cómo puede distinguirse lo  “caduco” de lo “progresista” en un templo budista del siglo XI. En la práctica fue el Partido y, en última  instancia, Kim Il Sung los que escogieron según su propio criterio los elementos recuperables.  En la Corea del Juche conviven formas clásicas, neotradicionales y modernas. La  arquitectura norcoreana no se reduce a un único estilo, sino que estas tres tendencias se van  alternando, siempre unidas por un nexo común. Unas obras se cimentan sobre una base clásica o  racionalista, en otras pesa más el estilo moderno, pero todas ellas suelen exhibir elementos  decorativos o estructurales de carácter nacional que les confieren un sello específicamente coreano.  La arquitectura Juche, lejos de ser homogénea, puede tomar cuerpo en cualquiera de estas variantes  estilísticas, que acostumbran a aparecer entrelazadas.  Las obras pueden ordenarse en cuatro categorías. La que más tempranamente se manifestó  fue el clasicismo estalinista sin aditivos nacionales, cuyos ejemplos se circunscriben a la década  posterior al fin del colonialismo japonés, cuando las construcciones se ceñían al realismo socialista de  la época estalinista. El Teatro Moranbong, los ministerios de la plaza Kim Il Sung o el Museo de  Folclore Coreano responden a esta descripción. La segunda categoría, surgida a partir de mediados  de los años cincuenta, engloba las obras de base clásica con elementos nacionales. Esos rasgos  explícitamente coreanos pueden ser más explícitos, como en el restaurante Okryu y otras  construcciones con tejados neotradicionales, o más sutiles, como el Arco de Triunfo o el Palacio  Kumsusan. Si las dos primeras modalidades se sustentan sobre un armazón clásico, en las dos  siguientes se ve la huella del estilo internacional. El modernismo con detalles nacionales, desarrollado  durante la Edad de Oro, inspiró obras como el hotel Koryo o el Circo de Pyongyang. En cambio, el  hotel Yanggakdo o la Exposición de las Tres Revoluciones son claros exponentes del modernismo  funcionalista sin elementos nacionales. La “coreaneidad” de los edificios pertenecientes a esta última  variante puede verse reflejada, a veces, sólo en la decoración interior.  Esta combinación de tendencias ha propiciado que la mayoría de obras sean fruto de una  curiosa mezcla estilística. El Palacio de Estudio del Pueblo suele citarse como prototipo del estilo  neotradicional, pero basta con observar por unos segundos su fachada para detectar numerosos  detalles clásicos que nada tienen que ver con las antiguas dinastías coreanas. El Arco de Triunfo  puede parecer a primera vista una copia de los erigidos en la antigua Roma o del que Napoleón hizo  levantar en París, aunque en realidad sus grandes voladizos se inspiran en las pagodas orientales. El  Gran Teatro de Pyongyang Este, aparentemente, puede encuadrarse dentro del estilo internacional, y  sin embargo su inmenso mural en la fachada, con un paisaje natural de Corea, le confiere un aire  nacional.  Es relativamente fácil discernir cuál es la tendencia preponderante en cada obra, pero la  combinación de elementos dificulta la tarea de clasificar los edificios dentro de unos estándares  estilísticos rígidos. Para analizar con detalle las características de la arquitectura norcoreana, resulta  más útil examinar por separado los distintos componentes formales.