Ciudad escaparate · capítulo 1  “Pyongyang puede considerarse como la cara de nuestro país. Tal como por su rostro se  aprecia la fisonomía del hombre, así los extranjeros que nos visitan valoran el desarrollo de Corea  viendo la ciudad de Pyongyang. Por eso debemos arreglarla bien, lo que es igual a asear el rostro de  nuestro país.” Kim Il Sung tenía muy claro que la capital debía ser la más lustrosa expresión de la Era  Juche. Cuanto más resplandeciente se presentase al mundo mayor gloria recaería sobre sus  hombros y mayor reconocimiento recibiría su Corea.  Al terminarse las obras encargadas para el festival de 1989, Kim Il Sung sintió que su sueño  de convertir Pyongyang en el reflejo de la majestuosidad del sistema se había traducido a la realidad.  Los periodistas extranjeros que cubrieron el evento no escatimaron elogios. En sus últimos años de  vida, el Gran Líder rebosaba de satisfacción. “Cada vez que contemplo la ciudad de Pyongyang,  majestuosa, suntuosa, no puedo contener la alegría”, afirmó en 1994, poco antes de morir. Habían  pasado más de 40 años desde que, bajo los bombardeos, discutiera con un equipo de urbanistas los  planes de reconstrucción. Por fin había llegado el momento de poder presumir de Pyongyang. Su  perfil monumental era la mejor tarjeta de presentación para un régimen que estaba perdiendo su  pulso con el sur.  El fallecimiento de Kim Il Sung truncó la histórica visita a Pyongyang que el presidente  surcoreano, Kim Young Sam, planeaba realizar pocas semanas más tarde. Un viaje de trascendencia  histórica que tenía que servir para romper el hielo en las relaciones intercoreanas tras medio siglo de  hostilidad y que iba a ser cubierto por un elevado número de periodistas surcoreanos empotrados en  la comitiva presidencial. Lejos de alarmarse por ello, Kim Il Sung se frotaba las manos. Cuando le  explicaron que Kim Young Sam iba a venir acompañado de 80 periodistas, contestó que si lo  deseaba podía traerse a 800: “Mostrarles Pyongyang no es nada malo, al contrario, es beneficioso.  Los extranjeros que estuvieron en Pyongyang afirman que esta ciudad es mejor que Seúl. Lo mismo  dijo también Carter, quien manifestó que no hay otra ciudad más limpia y bella que Pyongyang”.  Justamente en junio había recibido al expresidente norteamericano Jimmy Carter.  Kim Il Sung entendió que había que abrir las puertas al turismo, con una doble finalidad:  mostrar las bellezas de la patria y embolsarse una buena cantidad de divisas. Corea del Norte vio allí  una solución para oxigenar sus finanzas. Kim Il Sung pidió que se acondicionaran los lugares  turísticos con vistas a recibir unos 100.000 turistas el año a partir de 1990. Para causar buena  impresión, consideraba indispensable tener en cuenta otra variable: la pulcritud. Siempre se había  mostrado muy maniático con este tema.  Andrew Holloway, un inglés que residió entre 1987 y 1988 en Pyongyang, contratado para  traducir a su lengua materna las obras de los Kim, corroboró que los norcoreanos son el pueblo “más  limpio y disciplinado del mundo”. Existían carreteras de circunvalación para obligar a los camiones a  pasar por ahí y no por el centro. Los vehículos de alto tonelaje que no tienen más remedio que entrar  en la ciudad debían “ducharse” previamente: en los accesos a Pyongyang había puntos de lavado  para arrancar la mugre de camiones y autobuses procedentes de alguna polvorienta carretera  secundaria.  Kim Il Sung tenía una fijación no sólo con la higiene urbana, sino también personal. No se  ahorraba reproches si se topaba con ciudadanos de aspecto descuidado, vestidos con ropa sucia o  hecha jirones. “Hace algún tiempo realicé un recorrido por las calles de Pyongyang y noté que muy  pocas personas andaban correctamente vestidas. Algunas mujeres tenían el cabello mal peinado y  calzaban zapatos toscos. Si las mujeres andan aseadas, saldrán elegantes, pero esto no sucede  porque se arreglan con chapucería”, protestó en 1979. Consideraba el desaliño un signo de atraso  incompatible con su modelo de país.  La pulcritud no debía ser una cualidad privativa de Pyongyang. Desde los años setenta, se  promovió una movilización de masas para adecentar pueblos y ciudades. Se crearon brigadas de  limpieza juveniles, formadas por chavales de entre 12 y 17 años. El resto de la gente no quedaba  eximida de similares deberes. En Pyongyang, cada unidad vecinal es responsable de barrer o quitar  la nieve de un tramo de su calle. Es una labor que suele encomendarse a mujeres mayores que no  trabajan a jornada completa. En provincias, cada campesino es responsable de blanquear las  paredes de su vivienda.  Uno de los acicates para ponerse a arreglar los núcleos urbanos era el sueño de superar a  Seúl en esplendor. Kim Il Sung sacaba pecho por haber convertido Pyongyang en una “ciudad  jardín”, en contraste con la capital surcoreana, “la ciudad más contaminada del mundo”. La  competición se proyectó al campo de la construcción. “Hay que esforzarse tesoneramente para  embellecer la fisonomía de la capital. Éste constituye un problema muy importante en las condiciones  del enfrentamiento entre el Norte y el Sur y de la aguda lucha de clases entre los dos regímenes: el  socialista y el capitalista”, advirtió. Había que demostrar con pruebas arquitectónicas la primacía de  un sistema sobre otro.  Era tal la rivalidad que existen casos de proyectos diseñados en respuesta a algún desafío  del vecino. Quizá el más evidente sea la cómica guerra de banderas cerca de Panmunjom, el único  punto de los 250 kilómetros de frontera entre norte y sur donde soldados de ambos bandos patrullan  a escasos metros unos de otros, en el Área de Seguridad Conjunta. Los surcoreanos fueron los  primeros en plantar un mástil con una enorme enseña de su país ondeando delante de las mismas  narices de los norcoreanos. El gesto sonaba a provocación. Kim Il Sung contraatacó: clavó un asta  de 160 metros e izó una bandera de 30 metros de largo. No sólo sobrepasó a la del sur sino que  batió el récord mundial de altura de un mástil de bandera.  No es el único ejemplo. El constante pulso retroalimentó la generación de grandes proyectos  constructivos. Si en 1973 culminaban los trabajos de construcción de la primera línea de metro en  Pyongyang, justo un año después entraba en funcionamiento el metro de Seúl. Mientras en la capital  norcoreana comenzaban a proliferar los grandes edificios públicos, en 1975 en la isla de Yeouido,  situada en el río Han a su paso por Seúl, se construyó la nueva sede de la Asamblea Nacional de  Corea del Sur y, en 1978, fue inaugurado el Centro Sejong, el mayor recinto cultural surcoreano. Las  inversiones norcoreanas en la construcción de viviendas tuvieron también su réplica en el sur.