El ministro perfecto · capítulo 1 Tras caer en desgracia Kim Sung Hwa, el Gran Líder traspasó la cartera a Choe Jae Ha, que  se convertiría en uno de sus ministros predilectos. A Choe aún se le conoce y se le venera en Corea  del Norte como “el primer ministro de origen obrero”. Durante la ocupación japonesa, Choe trabajaba  como humilde asalariado en la central hidroeléctrica de Suphung. Allí le estrechó por primera vez la  mano Kim Il Sung, en 1946, en una de sus habituales rondas de inspección. Choe aprovechó la visita  de Kim, que llevaba un año en el poder, para jurarle lealtad delante del resto de trabajadores. Dos  años después, Choe fue promocionado al puesto de director de la central. Más tarde le puso al frente  del Buró de la Electricidad del gobierno norcoreano y, terminada la guerra, le elevó al cargo de  viceministro de Electricidad. Su ascenso culminó en diciembre de 1956, en plena persecución del  “fraccionalismo”, con su designación como ministro de la Construcción, pese a que carecía por  completo de experiencia en estas lides.  A Kim Il Sung ese detalle no le importaba. Por encima de todo buscaba a alguien en quien  poder confiar, de una fidelidad sin fisuras y que, a diferencia de Kim Sung Hwa, no pusiera reparos al  método de prefabricación. “Yo serviré fielmente al pueblo levantando en alto los propósitos del  presidente Kim Il Sung”, prometió entonces Choe, que se sentía en deuda infinita con su valedor.  Choe se volcó en su nuevo quehacer y empezó a forjar su leyenda. Solía presentarse a los lugares en  construcción con atuendo proletario, para recordar a los obreros que él era uno de los suyos. Se dice  que hizo instalar una cama y un teléfono en una habitación de un bloque de pisos en construcción,  para quedarse allí a dirigir los trabajos día y noche. Imprimió a las obras un ritmo endiablado,  conocido como “velocidad de Pyongyang”, que hizo florecer miles de viviendas en la capital en un  tiempo récord, gracias a los prefabricados y al trabajo a destajo de los operarios. Se le atribuye el  milagro de haber completado un encargo de 20.839 pisos con materiales asignados para sólo 7.000.  Y todo eso en un solo año, 1958, cuando en circunstancias normales se habría tardado tres o cuatro  años. A Kim Il Sung le gustaba citar esta gesta como ejemplo de eficiencia.  Pero la buena fortuna que hasta ese momento había acompañado a Choe se extinguió  repentinamente. En octubre de 1958, en pleno apogeo constructivo, sufrió un accidente mientras  guiaba unas obras y murió. Kim Il Sung, desolado, lamentó esa “gran pérdida”. Casi cuatro décadas  después, aún seguía invocando en público la figura de su pupilo, “una persona leal, de fuerte carácter  y capacidad de trabajo”, sin dejar de elogiar sus “abnegados esfuerzos por materializar la orientación  del Partido respecto a la mecanización y el uso del prefabricado en la construcción rechazando las  maniobras de obstrucción de los fraccionalistas antipartido que se habían infiltrado en ese sector”.  Consciente del cariño que el Gran Líder sentía hacia él, Kim Jong Il encargó una película para  ensalzar al exministro.